Libros monógamos y lectoras infieles
La historia comienza a finales de la primera década de los 2000. Hay una nena con la cara demasiado redonda, casi como una galletita, que camina hasta la cama donde su abuela duerme la siesta. Cual E.T. en la famosa escena, la nena acerca un dedo tembloroso y pincha un costado de su abuela que se despierta al instante. La abuela ve que la nena esconde detrás de ella una hoja arrancada que reconoce muy bien. Aunque suspira teatralmente, abandonando su deseo de continuar con la siesta, se levanta. Juntas salen hacia el patio y se sientan en unos banquitos color crema del cielo. En esa siesta (y en todas las que forman parte de este ritual), se escuchan tres cosas: la radio que sintoniza un programa local, los ronquidos del abuelo y la voz de la abuela leyéndole a la nena. La abuela lee pausadamente y de vez en cuando gira la hoja para que la nena vea las ilustraciones. Al principio fueron las historietas, impunemente arrancadas de la revista de los domingos. Luego le sucedieron las noticias del diario, el suplemento infantil, y libros de cuentos que la nena traía de su casa. Así pasaban siestas enteras, la una leyendo a la otra. La otra, obnubilada, que aún tan pequeña sabía que aquello que estaba sucediendo sería un antes y un después en su vida. Un punto de no retorno: los libros y la lectura.
La nena ahora es una joven de 20 años que decide escribir la entrada de un blog: ¡hola!
El motivo de traer aquel recuerdo se debe a la última lectura que realicé. Se trata del libro Leer mata de Luna Miguel, una escritora y creadora de contenido española. En este libro, Luna hace un abordaje exhaustivo de su relación con la lectura y busca definir al sujeto lector femenino. ¿Qué es leer? ¿Cómo leen las mujeres? ¿Qué leen las mujeres? ¿Cómo han definido el acto de leer las escritoras más reconocidas? ¿Existe un solo tipo de lectora? ¿Es una clasificación cambiante? ¿La lectura nos mata y nos revive? Entre estas cuestiones, Luna aborda el sentido constitutivo que los libros tienen en la vida de una lectora:
“(…) ella considera injusto que consideremos más heroico el tiempo que tarda una autora en escribir un libro que el de una lectora en leerlo. Qué pasa cuando alguien se desvive por leer algo, qué pasa cuando alguien se desvive por leerlo muy rápido o de manera muy concisa. Qué pasa con esos artistas oculares.”
Los libros y la lectura están presentes en todos los aspectos de la vida: lectura y amistad, lectura y muerte, lectura y amor. Luna desarrolla la influencia de la lectura en su relación con el filósofo Ernesto Castro. Declara: “Si lo ama, piensa, es por cómo lee”. Amor, sexualidad y lectura se entrelazan: “En sus fantasías más íntimas, ella soñaba con llamarle a él Ezra y con que él a ella la llamara Hilda”. Nada puede ser tan hermoso y tan trágico como ser esta lectora amorosa que describe. ¿Quién no se enamoraría de un otro que sabe lo que es desvelarse por terminar un libro? ¿Quién no se enamoraría de un otro que subraya las frases que le llamaron la atención, que lleva las manos manchadas con tinta de la lapicera que utiliza, que coloca recibos, medias, flores o papeles de caramelos para señalar la parte en la que se ha quedado?
Con respecto al tema de subrayar libros, Luna sostiene una postura clara: los libros siempre dejan una especie de lesión irreparable en quien los lee; nunca se sale siendo la misma después de leer un libro, haya sido bueno o malo. Entonces, ¿por qué la lectora se restringiría a dejar su marca en el libro? Al marcar, subrayar, escribir en los libros, establecemos un diálogo con el objeto, respondemos al libro que nos habla. Al mismo tiempo, cuando ese libro cae en manos de lectoras extranjeras, se descubre esa dialéctica establecida y se la puede continuar. Las lectoras extranjeras agregan anexos, epígrafes, comentarios a los comentarios de la lectora original.
Si he de pensar en un libro con el que establecí el mayor juego dialéctico de mi vida, inmediatamente pienso en It de Stephen King. Releído y resubrayado por mí unas cuatro veces, el impúdico permanece firme en mi biblioteca cual Odiseo en su travesía. Muestra orgulloso las heridas de marcadores, lapiceras y lápices que esta lectora le ha provocado. Marcar los libros es un acto de desacralización de los mismos. Sin embargo, admito que en mis primeros años lectores he sido un poco bruta con algunos de ellos. De las experiencias desastrosas aprendí: se puede marcar, pero tampoco son libros para colorear. Recordatorio para mí misma.
Lectora enfermiza, lectora metafísica, lectora supermegaprofesional, lectora notarial, lectora suicida. Luna establece toda una tipología de las diferentes lectoras que se pueden ser. Yo propongo una más: lectora infiel. Los libros pueden funcionar como puente para un amor entre dos personas, pero también pueden ser el objeto amoroso como tal. Así, en mi caso, afirmo: los libros, la literatura, fueron mi primer amor. En la génesis de este amor compartido mis libros eran muy monógamos. Se enojaban si veían que en mi mesita de luz se alzaba una imponente torre, que continuamente corría riesgo de derrumbe por su excesiva altura. Mis libros monógamos se empacaban cuando sabían que su lectora –la que a gusto y piacere escribe aquí– leía varios a la vez.
Herta Muller dice en Siempre la misma nieve y siempre el mismo tío que “la lectura iba desde las manos hacia la boca; yo leía como si me comiera las frases”. Esta idea de Muller me sirve para justificar mi infidelidad, que seguramente es la de cientos de lectoras más. En este tipo de lectura hay un sentimiento de hambre voraz, de gula insaciable. Lectoras golosas. Hay tantos libros para leer y tan poco tiempo (¡y las lectoras somos tan efímeras en comparación al tiempo que necesitaríamos para leer todo lo que deseamos!) que una lectura monógama no es viable para nosotras. El hambre tiene que ser satisfecho y tiene que serlo ya. Entonces sucede esta lectura frenética, desordenada y de a picotazos que nos hace saltar de libro en libro, que hace que, en cada mochila, totebag o bolsa de las compras llevemos un libro diferente (aun sabiendo que no tendremos tiempo para leerlo). Esta lectura tiene un freno cuando uno de los amantes resulta tener una chispa particular, un párrafo que destaca entre los demás, una construcción demasiado poética –un je ne sais quoi– que provoca en la lectora un flechazo y entonces lo elije para pasar toda una noche con él. Lectoras seducidas.
Leer mata porque, de nuevo, nadie sale siendo la misma después de un libro. Esto me trae reminiscencias de algunos versos del poema La pasión de Cristina Peri Rossi:
“Salimos del amor/ como de una catástrofe área/ Habíamos perdido la ropa/ los papeles/ a mí me faltaba un diente/ y a ti la noción del tiempo”.
También salimos de los libros así, con una palabra medio incrustada en una oreja, con una frase que nos hace cojear por días, con una sensación nunca vivida. Leer mata, pero cuando cerramos el libro renacemos.
Luna (y yo, en calidad de lectora también), a pesar de su intento de clasificación de lectoras (y por ende de definición de sí misma), no sabe quién es. Sin embargo, en falta de ese absolutismo, rescata y sabe tres cosas más importantes:
Sabe muy bien lo que ha leído.
Sabe que quiere ser recordada como una lectora.
Sabe que la vida es aquello que hay entre lectura y lectura.